Una semana más, hacemos una parada en el temario para desarrollar hábitos de lectura comprensiva.
Leer algo, un libro, un cómic, un artículo de prensa es algo íntimo entre el lector y el escritor. Alguien dejó por escrito el desarrollo de unas ideas y otra persona, al cabo de los días, meses o años, se encuentra con ese tesoro del cerebro humano que es la creatividad.
Seguimos con el libro de Gerald Durrel "Mi familia y otros animales". Espero que os guste.
Lectura comprensiva 6 de 1º ESO
Lee detenidamente el texto y responde a las preguntas.
En tanto, Leslie había desempaquetado sus revólveres y nos sobresaltaba a todos con una al parecer interminable serie de estampidos, disparando contra una lata vieja desde la ventana de su alcoba.
Después de una mañana particularmente ensordecedora, Larry irrumpió de su cuarto diciendo que no sería capaz de trabajar si la villa retemblaba hasta sus cimientos cada cinco minutos. Leslie, agraviado, replicó que tenía que practicar. Larry dijo que más que práctica aquello parecía el motín de los indios. Mamá, cuyos nervios andaban también un poco exacerbados por el escándalo, sugirió que Leslie practicara con un revólver vacío. Leslie tardó media hora en explicarle por qué eso era imposible. Al cabo se dignó alejar su lata de la casa, con lo que el ruido llegaba ligeramente amortiguado pero tan de sopetón como antes.
Sin descuidar su atenta vigilancia de todos nosotros, Mamá se organizó por su lado. La casa rezumaba aroma de hierbas y penetrante tufo a ajos y cebollas, y en la cocina se agolpaba un muestrario de borboteantes cacerolas, entre las que Mamá circulaba con las gafas torcidas y murmurando para sí. Si conseguía separarse de la cocina era para deambular alegremente por el jardín, podando y cortando de mala gana, desyerbando y plantando con entusiasmo.
Para mí, el jardín tenía suficiente interés; allí Roger y yo aprendimos algunas cosas sorprendentes. Roger, por ejemplo, descubrió que no era prudente olisquear avispones, que los perros del campo corrían chillando si los miraba a través de la verja, y que los pollos que saltaban de repente desde el seto de fucsia, graznando como locos al huir, eran presa ilegal aunque deseable.
Este jardín de casa de muñecas era un país encantado, un bosque de flores transitado por criaturas que yo jamás había visto. Entre los gruesos y sedosos pétalos de cada capullo de rosa vivían arañitas como cangrejos, que se escabullían de lado si se las molestaba. Sus cuerpecitos translúcidos tenían igual coloración que su flor respectiva: rosa, marfil, corinto o amarillo manteca. Sobre los tallos de los rosales, incrustados de pulgón, las mariquitas se movían como juguetes recién pintados: mariquitas rojo pálido con grandes puntos negros; mariquitas rojo manzana con puntos pardos; mariquitas color naranja moteadas de gris y negro. Simpáticas y gordinflonas, rondaban comiendo por entre los anémicos rebaños de pulgones. Abejas carpinteras como peludos osos azul eléctrico zigzagueaban atareadas entre las flores, zumbando roncamente. Las mariposas esfinge, pulcras y esbeltas, recorrían los senderos con aparatosa eficiencia, sosteniendo a ratos su aleteo borroso para inyectar su larga y fina trompa en los capullos. Entre las piedrecitas, grupos de grandes hormigas negras se tambaleaban haciendo gestos en torno a extraños trofeos: una oruga muerta, un trozo de pétalo de rosa, o una vaina seca colmada de semillas. Como acompañamiento a toda esta actividad llegaba, desde los olivares más allá del seto de fucsia, el continuo, centelleante chirriar de las cigarras. Si la curiosa atmósfera cegadora del calor produjera un sonido peculiar, sería exactamente el grito extraño y monótono de estos insectos.
Al principio me asombraba tanto esta abundancia de vida a nuestra misma puerta que iba deslumbrado de un sitio a otro del jardín, fijándome ahora en este bichito, luego en aquel otro, constantemente distraída mi atención por el vuelo de las brillantes mariposas que cruzaban el seto. Poco a poco, al irme habituando al bulle—bulle de los insectos entre las flores, observé que podía concentrarme más. Me pasaba las horas muertas en cuclillas o tripa abajo contemplando la vida privada de las criaturas de alrededor, mientras Roger, sentado a poca distancia, me aguardaba con aire resignado. De ese modo aprendí muchas cosas fascinantes.
Comprobé que las arañitas cambiaban de color como un camaleón cualquiera. Cogía una araña de una rosa color burdeos, donde había estado metida como una cuenta de coral, y la depositaba en las profundidades de una rosa blanca. Si se quedaba allí —que era lo más frecuente—, se veía que su color iba desvaneciéndose, como si el traslado la hubiera puesto anémica, hasta que al par de días se agazapaba entre los blancos pétalos como una perla.
Descubrí que en las hojas secas al pie del seto de fucsia habitaba otra clase de araña, un fierecillo cazador astuto y sanguinario como un tigre. Paseaba por su continente de hojas, con los ojos relucientes al sol, parándose de vez en cuando y estirándose sobre sus patas peludas para otear el entorno. Si veía una mosca tomando el sol, se quedaba petrificado; después, con la lentitud con que crece una planta, se adelantaba imperceptiblemente, avanzando milímetro a milímetro, deteniéndose de palmo en palmo para enganchar su seda de salvamento al haz de las hojas. Llegado a la distancia adecuada, el cazador se paraba a frotarse levemente las patas como quien hace un buen negocio, y extendiéndolas luego en un peludo abrazo saltaba sobre la amodorrada mosca. Jamás vi a una de esas arañitas errar el tiro, una vez situada en posición.
Todos estos hallazgos me llenaban de tan enorme gozo que necesitaba compartirlos, e irrumpía súbitamente en casa para sobresaltar a la familia con la noticia de que las extrañas orugas negras y erizadas de las rosas no eran tales orugas, sino larvas de mariquita, o con la noticia igualmente pasmosa de que las crisopas ponían sus huevos sobre zancos. De este último milagro tuve la suerte de ser testigo. Encontré una crisopa en un rosal y la observé mientras trepaba por las hojas, admirando sus bellas alas, frágiles como cristales verdes, y sus enormes y acuosos ojos dorados. Paróse al fin sobre una hoja e inclinó el extremo del abdomen. Tras permanecer así un momento alzó la cola, y vi con asombro que de ella salía erguido un delgado filamento, como un cabello pálido. En la misma cima de este tallo apareció el huevo. La hembra descansó un instante, y seguidamente repitió la operación hasta dejar la superficie de la hoja como cubierta de un bosque de moho. Acabada la puesta, la crisopa sacudió levemente las antenas y emprendió el vuelo con un aleteo de gasa verde.
Quizá lo más emocionante que descubrí en este variopinto Liliput a mi alcance fue un nido de tijeretas. Hacía mucho tiempo que deseaba encontrar uno y había rebuscado infructuosamente por todas partes, de modo que el dar con él casualmente me abrumó de alegría, como si hubiera recibido un regalo maravilloso. Levanté un pedazo de corteza y allí debajo estaba la guardería, en un hoyito de la tierra que sin duda había excavado la propia madre. Acurrucada allí mismo protegiendo como una gallina unos cuantos huevecitos blancos, no se movió cuando, al levantar yo la corteza, la luz del sol le dio de plano. No pude contar los huevos, pero parecían ser pocos, así que supuse que aún no había terminado su labor. Tiernamente volví la corteza a su sitio.
A partir de ese momento guardé celosamente el nido. Erigí alrededor un muro protector de piedras, y para mayor seguridad escribí un letrero en tinta roja y lo clavé a una estaca próxima como advertencia a la familia. El letrero decía: PRECAUZION — NIDO DE TIJERETAS — NO MO—LEZTEN PORFABOR. Cosa notable, lo único bien escrito era la descripción biológica. Dedicaba diez minutos de cada hora al atento escrutinio de la madre tijereta. No me atrevía a examinarla más a menudo por temor a que abandonase el nido. Con el tiempo el montón de huevos iba creciendo, y ella parecía habituada a que le levantase el tejado de corteza. Llegué incluso a deducir que me reconocía, por su manera amistosa de menear las antenas. Para amarga desilusión mía, después de todos mis esfuerzos y mi constante servicio de centinela, los bebés salieron del huevo por la noche. En mi opinión y a cambio de todos mis desvelos, la hembra podía haber retrasado el asunto para que yo lo presenciase. De todos modos allí estaban, una magnífica carnada de jóvenes tijeretas diminutas y frágiles, como talladas en marfil.
Rebullían débilmente bajo el cuerpo de su madre, metiéndosele entre las patas, subiéndosele a las pinzas las más audaces. Era un espectáculo enternecedor. Al día siguiente hallé vacía la guardería: mi maravillosa familia se había dispersado por el jardín. Poco después vi a uno de los niños. Claro que era más grande, más oscuro y robusto, pero le reconocí de inmediato. Sesteaba enroscado en un laberinto de pétalos de rosa, y cuando le desperté se limitó a arquear irritado sus pinzas sobre el lomo. Yo habría preferido ver en ello un saludo, un gesto de amistad, pero honradamente hube de admitir que no era sino el aviso de una tijereta a un enemigo potencial. Aun así, la excusé. Al fin y al cabo, era muy pequeña la última vez que nos habíamos visto.
Hice amistad con las rollizas muchachas campesinas que mañana y tarde pasaban por delante del jardín. Montadas a la mujeriega sobre sus derrengados burros de orejas gachas, eran chillonas y parlanchinas como cotorras, y su charla y su risa reverberaban en los olivares. Por la mañana saludaban sonrientes al paso rítmico de sus burros, y al atardecer se inclinaban sobre el seto de fucsia, balanceándose precariamente en sus monturas, para ofrecerme regalos con una sonrisa: un racimo de uvas color ámbar todavía calientes del sol, brevas negras como el alquitrán veteadas de rosa por donde se habían desgarrado de puro maduras, o una sandía gigante llena de rosáceo hielo en su interior. Al correr de los días las fui entendiendo poco a poco. Lo que al principio no era más que un confuso parloteo se convirtió en una serie de sonidos distintos y reconocibles. Repentinamente adquirieron un significado, y yo mismo empecé a pronunciarás con lenta timidez, hasta ensartar mis vocablos recién aprendidos en frases entrecortadas faltas de toda gramática. Nuestras vecinas estaban encantadas, como si el intentar aprender su idioma fuera una delicada atención para con ellas. Se apoyaban en el seto concentrando todo su interés mientras yo construía a tientas un saludo o un sencillo comentario, y cuando acababa con éxito me sonreían radiantes, asintiendo y palmoteando. Gradualmente supe sus nombres, quién era familia de quién, quiénes eran casadas y quiénes esperaban serlo, y otros detalles. Me enteré de en qué parte de los olivares tenía su casita cada una, y si por casualidad pasábamos por allí Roger y yo salía a recibirnos la familia entera, vociferando complacidos al tiempo que me sacaban una silla para que me sentase bajo su parra y comiese con ellos alguna fruta.
Poco a poco la magia de la isla se nos iba posando suave y adherente como un polen. Cada día tenía tal tranquilidad, tal atemporalidad, que deseábamos que no acabase nunca. Pero la oscura piel de la noche se rasgaba para entregarnos otro día más, policromo y brillante como una calcomanía y con el mismo matiz de irrealidad.
Mi familia y otros animales
Gerald Durrel
- Analiza por qué se emplea la expresión “esto parece el motín de los indios”
- Describe el nido de tijeretas
- ¿Qué quiere decir el autor con “variopinto Liliput”?
- ¿Qué fauna hay en el jardin?
- ¿Cómo se describe a las chicas que pasaban montadas en burro?
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