Como todas las semanas, aquí os dejo otro fragmento de la obra de Gerald Durrel "Mi familia y otros animales". Espero que os guste. ¡Ah! No olvidéis responder a las preguntas. Buena lectura.
Lee detenidamente el texto y responde a las preguntas.
Arriba, Margo se hallaba en un estado de semi— desnudez, regándose de desinfectante en grandes cantidades, y Mamá pasó una tarde agotadora, obligada a examinarla cada dos por tres en busca de síntomas de las enfermedades que Margo se sentía segura de estar incubando. Para mayor desasosiego de Mamá, la «Pensión Suisse» resultó estar situada en la carretera que conducía al cementerio local. Sentados en nuestro balconcito a la calle, una sucesión aparentemente interminable de entierros desfilaba ante nosotros. Obviamente para los habitantes de Corfú lo mejor de un duelo era el entierro, pues cada uno de ellos parecía más elegante que el anterior. Los coches, decorados con metros y metros de crepé morado y negro, iban tirados por caballos tan envueltos en plumas y gualdrapas que era prodigioso que pudieran moverse. Seis o siete de tales coches, ocupados por los integrantes del duelo en plena aflicción desatada, precedían al cadáver. Éste llegaba en otro vehículo semejante a un carro, colocado en un ataúd tan grande y lujoso que más parecía una enorme tarta de cumpleaños. Los había blancos, con adornos morados, encarnados y negro—azul oscuro; otros eran negros y relucientes, con complicadas filigranas de oro y plata trenzadas profusamente en torno, y asas brillantes de latón. Yo no había visto nada igual de multicolor y atractivo. Así, decidí, es como había que morirse, con caballos enlutados, toneladas de flores y una horda de parientes tan satisfactoriamente afligidos. Apoyado en la barandilla del balcón contemplaba uno a uno los ataúdes que iban pasando, absorto y fascinado.
Con cada duelo, a medida que el murmullo de las lamentaciones y el golpeteo de los cascos se perdía a lo lejos, Mamá mostraba mayor agitación.
—Seguro que es una epidemia —exclamó al fin, oteando la calle con nerviosismo.
—Tonterías, Mamá; no dramatices —dijo Larry alegremente.
—Pero querido, tantos... no es natural.
—Morirse es lo más natural del mundo... La gente se muere todo el rato.
—Sí, pero no caen como chinches a menos que suceda algo.
—A lo mejor es que los van guardando para enterrarlos en lotes —sugirió cruelmente Leslie.
—No seas necio —dijo Mamá—. Seguro que es por culpa de los desagües. esos sistemas no pueden ser sanos para nadie.
—¡Dios mío! —dijo Margo con voz sepulcral—, entonces me figuro que ya lo habré pescado.
—No, no, hija; no tienes por qué —dijo Mamá vagamente—; puede ser que no sea contagioso.
—No sé cómo va a haber una epidemia si no es de algo contagioso —observó lógicamente Leslie.
—De cualquier forma —dijo Mamá, evitando meterse en discusiones médicas—, creo que deberíamos informarnos. ¿Por qué no llamas a las autoridades de sanidad, Larry?
—Lo más probable es que aquí no haya autoridades de sanidad —apuntó Larry—, y aunque las hubiera, dudo que me lo fueran a contar.
—Bueno —dijo Mamá tajante—, pues nada. Tendremos que mudarnos. Hay que salir de la ciudad. Tenemos que encontrar una casa en el campo inmediatamente.
A la mañana siguiente salimos a la caza de casa en compañía del señor Beeler, el guía del hotel, un hombrecito gordo de mirada servil y mejillas sudorosas. Cuando partimos iba muy animado, porque no sabía lo que le esperaba. Nadie que no haya pasado por la experiencia podría imaginarse lo que es buscar casa con mi madre. Entre nubes de polvo recorrimos de punta a punta la isla, mientras el señor Beeler nos presentaba una villa tras otra en una impresionante variedad de tamaños, colores y emplazamientos, y Mamá sacudía enérgicamente la cabeza ante todas ellas. Inspeccionada la décima y última villa de la lista del señor Beeler, Mamá de nuevo sacudió la cabeza. Hecho migas, el señor Beeler se sentó en los escalones y se enjugó el rostro con un pañuelo.
—Múdame Durrell —dijo por fin—, le he mostrado todas las villas que conozco, y ninguna le agrada. Múdame, ¿qué es lo que usted quiere? ¿Qué les pasa a estas villas?
Mamá le contempló asombrada.
—¿Es posible que no se haya dado usted cuenta? —preguntó—. Ni una sola tenía baño.
El señor Beeler se la quedó mirando con ojos desorbitados.
—Pero Madame —sollozó con auténtica angustia—, ¿para qué quieren tener un baño...? ¿No les basta con el mar?
Regresamos al hotel en silencio.
Ya al día siguiente Mamá había decidido alquilar un coche y salir a buscar casa por nuestra cuenta. Estaba convencida de que en algún rincón de la isla se ocultaba una villa con baño. Los demás no compartíamos su opinión, por lo que fue a un grupo algo irritable y rezongón al que llevó en rebaño hasta la parada de taxis de la plaza mayor. Los taxistas, advirtiendo nuestro aspecto de ingenuos, corrieron de sus coches a congregarse a nuestro alrededor como una bandada de buitres, cada uno intentando vociferar más alto que sus compatriotas. Sus voces subían de tono, sus miradas relampagueaban, se agarraban del brazo enseñándose los dientes, y al fin se abalanzaron sobre nosotros como dispuestos a hacernos picadillo. En realidad, aquello no era sino el más leve de los posibles altercados, pero no conociendo el temperamento griego nos parecía estar en peligro de nuestras vidas.
—¿No puedes hacer algo, Larry? —chilló Mamá, soltándose a duras penas de las zarpas de un enorme taxista.
—Diles que les denunciarás al cónsul británico —sugirió Larry, alzando la voz sobre el estruendo.
—No seas tonto, hijo —dijo Mamá sin aliento—. Explícales que no entendemos.
Con sonrisilla forzada, Margo pasó a la brecha. —Nosotros ingleses —gritó a los gesticulantes taxistas—; nosotros no entender griego.
—Como me vuelva a empujar ese tío, le salto un ojo —dijo Leslie, todo sonrojado.
—Vamos, vamos, querido —jadeó Mamá, luchando aún con el taxista que la propulsaba vigorosamente hacia su coche—; no lo hará con mala intención.
En ese instante todo el mundo enmudeció del susto ante una voz que resonó sobre el tumulto, una voz profunda, rica y vibrante, el tipo de voz que uno esperaría oír a un volcán.
—¡Joy! —rugió la voz—, ¿por qués no tienen alguien que hables su propio idiomas?
Volviéndonos, vimos un Dodge antiguo aparcado junto al bordillo, y sentado al volante a un individuo bajito, con pinta de barril, manos como jamones y una cara grande, coriácea y ceñuda bajo la gorra de visera caída al desgaire. Abrió la puerta del coche, se irguió sobre el asfalto, y vino hacia nosotros contoneándose como un pato. Detúvose entonces, con ceño aún más feroz, y pasó revista al grupo de taxistas silenciosos. —¿Les han molestados? —preguntó a Mamá. —No, no —mintió ella—; es que nos costaba trabajo entenderles.
—Ustedes necesitan alguien que hables su propio idiomas —repitió el recién llegado—; esos canallas... si me permiten que hable así... timarían a su propia madres. Permítanmes un minuto que les despaches.
Descargó sobre los taxistas una parrafada de griego que casi les levantó en vilo. Ofendidos, gesticulantes, iracundos, este hombre extraordinario les fue acosando hasta sus coches. Tras una última y a todas luces insultante parrafada en el mismo idioma, volvióse nuevamente a nosotros.
—¿Dóndes quieren ir? —preguntó, casi con fiereza.
—¿Puede llevarnos a buscar una villa? —preguntó Larry.
—Claro. Les llevos a cualquier sitio. Donde ustedes quieran.
—Estamos buscando —afirmó Mamá— una villa con baño. ¿Sabe usted de alguna?
El hombre reflexionó como una gran gárgola morena, retorcidas sus negras cejas en un nudo de meditación profunda.
—¿Baños? —dijo—. ¿Ustedes quieren un baños?
—Ninguna de las que hemos visto hasta ahora lo tenía —replicó Mamá.
—Oh, yo sés de una villa con baños —dijo el hombre—. Me preguntabas si sería bastantes grande para ustedes.
—¿Podría llevarnos a verla, por favor? —preguntó Mamá.
—Claro, yo les llevos. Suban al autos.
Trepamos al espacioso coche, y nuestro chófer acomodó su masa tras el volante y arrancó con un estrépito terrorífico. Como una exhalación atravesamos los tortuosos arrabales del pueblo, sorteando felizmente los burros cargados, los carros, los corrillos de campesinas y os innumerables perros, anunciando nuestro paso con bocinazos atronadores. Entre tanto, nuestro chofer aprovechaba la oportunidad para darnos conversación, vez que se dirigía a nosotros retorcía hacia atrás la cabezota para observar nuestras reacciones, y el coche iba dando bandazos de un lado a otro de la carretera como un vencejo borracho.
—¿Ustedes ingleses? Lo suponía... Ingleses siempre quieren baños... Yo tengos baño en mi casa... mi nombre es Spiro, Spiro Hakiaopulos... todos me llaman Spiro Americano por haber vividos en América... Sí, estuve ocho años en Chicago... Allí es donde aprendís mi bueno inglés... Marches allí a hacer dineros... Y a los ocho años me dijes, «Spiro», dijes, «ya ganastes bastantes...» así que me volví a Grecia... me trajes este coche... el mejor de la islas... nadies más tiene un coche como éste... Todos los turistas ingleses me conocen, todos preguntan por mí cuando vienen... Saben que yo no les timares... Me gustan los ingleses... son las mejores gentes... Ses lo aseguros, si yo no fuera griego me gustaría ser inglés.
Corríamos por una carretera blanca cubierta de un estrato de polvo sedoso que se alzaba como una hirviente nube a nuestro paso, toda ella flanqueada de chumberas formando una empalizada de placas verdes hábilmente apoyadas unas en otras, salpicadas de bolas de rojo fruto. Dejamos atrás viñedos en los que las pequeñas y achaparradas cepas se vestían de un encaje de hojas verdes, olivares cuyos troncos horadados nos dirigían mil muecas sorprendidas desde su oscura sombra, y listados cañaverales que agitaban sus hojas como una multitud de banderitas verdes. Al fin coronamos a toda marcha una colina, y Spiro pisó el freno deteniendo el coche en medio de una niebla de polvo.
—Hemos llegados —dijo, apuntando con su carnoso dedo índice—; ésa es la villa con baños, como ustedes querían.
Mamá, que durante todo el trayecto había venido con los ojos firmemente cerrados, los abrió ahora cautelosamente y miró. Spiro apuntaba hacia una suave curva de la colma asomada sobre el mar brillante. La colina y los valles circundantes formaban como un edredón de olivares, reluciente como un pez allí donde la brisa movía las hojas. A media pendiente, protegida por un grupo de altos y esbeltos cipreses, asomaba la villa, como una fruta exótica rodeada de verdor. Los cipreses cabeceaban levemente en la brisa, diríase que afanados en pintar el cielo aún más azul para nuestra llegada.
Mi familia y otros animales
Gerald Durrel
- ¿Por qué la madre propuso que se llamara a las autoridades sanitarias?
- ¿Qué problema le encontraba la madre a las casas que veía?
- ¿Qué dirías de la forma de hablar de Spiro Hakiaopulos?
- Describe el lugar al que llegan finalmente?
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