Seguimos con el libro "Mi familia y otros animales" de Gerald Durrel.
Lee detenidamente el texto y responde a las preguntas.
Tras el ruido y la confusión del puesto de aduana nos abrimos paso hasta el radiante sol del muelle. En torno nuestro se alzaba escarpadamente el pueblo, hecho de hileras de casas multicolores apiladas al azar, con los postigos verdes de sus ventanas desplegadas como las alas de mil mariposas. Detrás de nosotros quedaba la bahía, bruñida como la plata y aprisionada en aquel azul increíble.
Larry caminaba rápidamente, con la cabeza erguida y en el rostro tal expresión de soberano desdén que su diminuto tamaño pasaba inadvertido, vigilando suspicazmente a los mozos en lucha con sus baúles. Tras él marchaba Leslie, con aire de tranquila belicosidad, y después Margo, remolcando metros de muselina y perfume. Mamá, con el aspecto de un pequeño misionero acosado en una sublevación, fue arrastrada a su pesar hasta la farola más próxima por un Roger exuberante, y obligada a quedarse allí, mirando al infinito, mientras él daba rienda suelta a las urgencias reprimidas que acumulara en su perrera. Larry escogió dos coches de punto soberbiamente ruinosos, hizo instalar el equipaje en uno de ellos y tomó asiento en el otro. Después miró irritado a su alrededor.
—¿Bueno? —preguntó—. ¿A qué esperamos?
—Esperamos a Mamá —explicó Leslie—. Roger ha encontrado una farola.
—¡Santo Dios! —exclamó Larry, y poniéndose en pie sobre el coche vociferó—: Vamos, Mamá, vamos. ¿No puede esperar el perro?
—Ya voy, querido —gritó Mamá sumisa y falazmente, pues Roger no mostraba indicios de despegarse de la farola.
—Ese maldito perro viene dándonos la lata durante todo el camino —dijo Larry.
—No seas tan impaciente —dijo Margo indignada—; el perro no lo puede evitar... y, de todos modos, estuvimos una hora en Nápoles esperándote a ti.
—Tenía el estómago revuelto —explicó Larry con frialdad.
—Pues hazte cuenta de que ahora es él quien lo tiene —dijo Margo triunfalmente—. «Da igual seis que una docena.»
—Querrás decir media docena.
—Lo que sea, es lo mismo.
En ese momento llegó Mamá algo despeinada, y tuvimos que dedicar nuestra atención a la tarea de introducir a Roger en el coche. Nunca había estado en vehículo semejante, y lo consideraba sospechoso. Al fin tuvimos que levantarle a pulso y arrojarle dentro, aullando frenético, e inmediatamente abalanzarnos sin aliento sobre él para sujetarle. El caballo, sobresaltado por esta actividad, salió trotando con paso vacilante y acabamos todos amontonados unos sobre otros en el piso del coche, con Roger debajo dando alaridos.
—Vaya entrada —dijo Larry amargamente—. Yo que esperaba dar una impresión de graciosa majestad, y he aquí lo que sucede... Llegamos al pueblo como una troupe de saltimbanquis medievales.
—Cálmate, hijo —le tranquilizó Mamá, enderezándose el sombrero—; pronto estaremos en el hotel.
Así, rechinando y traqueteando, nuestro coche atravesó el pueblo, mientras nosotros, sentados en los asientos de crin, intentábamos asumir la apariencia de graciosa majestad que Larry requería. Roger, engurruñado entre los potentes brazos de Leslie, con la cabeza colgante a un costado del vehículo y los ojos en blanco, parecía a punto de dar su última boqueada. Pasamos entonces por una callejuela en la que cuatro chuchos mugrientos tornaban el sol. Roger se puso rígido, y con mirada asesina prorrumpió en un torrente de roncos ladridos. Los chuchos, instantáneamente electrizados, se abalanzaron tras el coche ladrando ferozmente. Con ello nuestra pose quedó irreparablemente deshecha, pues hacían falta dos personas para sujetar al colérico Roger, mientras los restantes, asomados al vacío, gesticulábamos con libros y revistas a la horda perseguidora. Lo cual sólo sirvió para excitarlos aún más, y a cada calle que cruzábamos su número aumentaba, de modo que al enfilar la calle principal del pueblo unos veinticuatro perros se arremolinaban entre nuestras ruedas, casi histéricos de ira.
—¿Por qué no hace alguien algo? —preguntó Larry, elevando su voz por encima del tumulto—. Esto parece una escena de La cabaña del Tío Tom.
—¿Por qué no haces tú algo, en vez de criticar? —le espetó Leslie, trabado en combate con Roger.
Larry prestamente se puso en pie, arrebató el látigo de manos de nuestro asombrado cochero, tiró un salvaje trallazo a la jauría de perros, falló, y le atizó a Leslie en el cogote.
—¿A qué demonios te crees que estás jugando? —rugió Leslie, torciendo hacia él un rostro enrojecido y furibundo.
—Un accidente —explicó Larry tan campante—. Estoy desentrenado... Hace tanto tiempo que no uso el látigo...
—Pues podrías mirar lo que haces, cuernos —gritó Leslie pendenciero. —Vamos, vamos, querido: fue un accidente —terció Mamá.
Larry lanzó un segundo trallazo, y le voló el sombrero.
—Eres peor tú que los perros —dijo Margo.
—Ten más cuidado, hijo —dijo Mamá, asida a su sombrero—, le vas a hacer daño a alguien. Dame acá ese látigo.
En ese momento el coche se detuvo ante una puerta rematada por un cartel con un letrero que decía «Pensión Suisse». Los chuchos, seguros de poder dar al fin su merecido a este negro can afeminado que iba en coche, nos rodearon formando una masa compacta y jadeante. Abrióse la puerta del hotel, dando paso a un portero antiguo y patilludo que se quedó contemplando el alboroto con ojos vidriosos. Sacar a Roger del coche y meterle en el hotel era un trabajo hercúleo, pues pesaba mucho e hicieron falta los esfuerzos combinados de toda la familia para levantarle, llevarle y sujetarle. Larry, algo olvidada ya su pose majestuosa, estaba en plena juerga. Bajó de un salto y empezó a brincar por la acera con el látigo, abriendo entre los perros un sendero por el que Leslie, Margo, Mamá y yo acarreamos a Roger, que gruñía y forcejeaba. Dando tumbos llegamos al vestíbulo, y el portero cerró de golpe la puerta y se apoyó contra ella, temblándole el bigote. Adelantóse el encargado, mirándonos con una mezcla de aprensión y curiosidad. Con el sombrero caído y mi tarro de orugas en la mano, Mamá salió a su encuentro.
—¡Ah! —dijo sonriendo dulcemente, como si nuestra llegada hubiera sido lo más normal del mundo —. Somos los Durrell. ¿Espero que nos tendrá unas habitaciones reservadas?
—Sí, madame —repuso el encargado esquivando a Roger, que todavía refunfuñaba—; están en el primer piso... Cuatro habitaciones y un balcón.
—Estupendo —dijo Mamá complacida—; entonces, creo que subiremos a descansar un rato antes de comer.
Y con cierta gracia majestuosa condujo arriba a su familia.
Más tarde bajamos a almorzar a un sombrío salón poblado de polvorientas macetas con palmeras y retorcida estatuaria. Nos atendió el portero patilludo, transformado en maítre por simple adición de frac y una pechera de celuloide que chirriaba como un congreso de grillos. La comida, sin embargo, era abundante y bien guisada, y comimos con apetito. Servido el café, Larry se arrellanó en su silla dando un suspiro.
—Una comida pasable —dijo con generosidad—. ¿Qué te parece este sitio, Mamá?
—Pues, la comida está bien, querido —dijo Mamá, eludiendo comprometerse.
—La gente parece servicial —continuó Larry—. El propio encargado me corrió la cama hacia la ventana.
—No fue muy servicial cuando yo le pedí papel —dijo Leslie.
—¿Papel? —preguntó Mamá—. ¿Para qué querías papel?
—Para el retrete... No había —explicó Leslie.
—¡Sssh! Que estamos en la mesa —susurró Mamá.
—Eso es que no miraste bien —dijo Margo con voz clara y sonora—; hay una cajita llena junto a la taza.
—¡Margo, por favor! —exclamó Mamá, horrorizada.—
—¿Qué ocurre? ¿No visteis la cajita? Larry relinchó de risa.
—Debido al excéntrico sistema de alcantarillado de la población —explicó amablemente a Margo—, esa cajita se destina al... er... sobrante, por así decirlo, cuando uno ha terminado de comulgar con la naturaleza. Margo se sonrojó mitad de vergüenza y mitad de asco.
—Quieres decir... que eso era... ¡Dios mío! ¡Pude coger alguna enfermedad horrible! —sollozó, y rompiendo a llorar huyó del comedor.
—Muy antihigiénico —dijo Mamá severamente—; es una manera verdaderamente repugnante de hacer las cosas. Aparte de la posibilidad de un error, se expone uno a contraer el tifus.
—No habría error posible si organizaran las cosas como es debido —señaló Leslie, volviendo a su protesta inicial.
—Sí, querido; pero ahora no es el momento de discutirlo. Lo que tenemos que hacer es encontrar cuanto antes una casa, antes de que todos cojamos algo.
Mi familia y otros animales
Gerald Durrell
- ¿Como describirías el pueblo al que han llegado los protagonistas del texto?
- Al llegar y montarse en los coches ¿a quién hubo que esperar? ¿por qué?
- ¿Por qué tuvieron que usar el látigo?
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