jueves, 2 de abril de 2020

LECTURA COMPRENSIVA

Todas las semanas vamos a dedicar un rato a la lectura comprensiva de textos. Mientras seguís preparando la prueba del lunes sobre la atmósfera, os invito a sumergiros en el mundo de Gerald Durrel y su "Mi familia y otros animales". Espero que os guste.

Lee detenidamente el texto y responde a las preguntas.

    Julio se había extinguido como una vela ante el viento cortante que nos trajo un plomizo cielo de agosto. Caía una llovizna fina e hiriente, reunida en mantas grises y opacas cuando el viento soplaba a su favor. A lo largo de la playa de Bournemouth, las casetas volvían su vacuo rostro de madera hacia el mar gris verdoso, ceñido de espumas, que corría a estrellarse contra el bastión de cemento de la orilla. Las gaviotas, empujadas tierra adentro hacia la población, sobrevolaban los tejados con alas tensas, gimiendo agriamente. El estado del tiempo parecía calculado para poner a prueba la paciencia de cualquiera.
    Vista en conjunto, aquella tarde mi familia no ofrecía un aspecto demasiado atractivo, pues el clima reinante había traído consigo la habitual serie de males a que éramos propensos. A mí, tirado en el suelo mientras etiquetaba mi colección de conchas, me había provisto de un catarro que parecía haberme fraguado en el cráneo, obligándome a respirar estertóreamente por la boca abierta. Para mi hermano Leslie, arrebujado con expresión ceñuda junto al fuego, llegó una inflamación interna de oídos, que le sangraban lenta pero persistentemente. A mi hermana Margo le había deparado un surtido fresco de acné sobre su rostro ya de antes moteado como un velo de puntitos rojos. Para mi madre hubo un opulento y burbujeante resfriado, sazonado con una pizca de reuma. Sólo mi hermano mayor Larry se mantenía ileso, pero suficientemente irritado a la vista de nuestros alifafes.
  Fue Larry, por supuesto, quien empezó la cosa. Los demás estábamos demasiado desmadejados para pensar en algo que no fueran nuestros males respectivos, pero a Larry la Providencia le había destinado a pasar por la vida como un pequeño cohete rubio, haciendo explotar ideas en las mentes ajenas para después enroscarse con untuosidad gatuna y negar toda responsabilidad de las consecuencias. A medida que avanzaba la tarde, su irritación iba en aumento. Al fin, paseando en derredor una mirada melancólica, decidió atacar a Mamá, como causante manifiesta del problema.
    —¿Por qué aguantamos este maldito clima? —preguntó de improviso, señalando a la ventana distorsionada por la lluvia—. ¡Contemplad! O, si vamos a eso, contemplaos mutuamente...     Margo, inflada como un plato de porridge encarnado... Leslie, penando por el mundo con treinta metros de algodón en cada oreja... Gerry suena como si tuviera el paladar hendido de nacimiento... Y, anda que tú: cada día que pasa pareces más decrépita y torturada.
   Mamá le miró por encima de un tomazo titulado Recetas fáciles de Rajputana. 
    —Pues no lo estoy — dijo indignada.
   —Lo estás —insistió Larry—; estás echando pinta de lavandera irlandesa... y tu familia parece una serie de ilustraciones de enciclopedia médica.
    A Mamá no se le ocurrió ninguna réplica aplastante, así que se contentó con lanzarle una mirada furibunda antes de replegarse de nuevo tras su libro.
    —Lo que nos hace falta es sol —continuó Larry—; ¿no estás de acuerdo, Les?... Les... ¡Les!
     Leslie se desenredó una maraña de algodón de la oreja.
    —¿Qué decías? —preguntó.
   —¡Ahí tienes! —dijo Larry, volviéndose triunfalmente a Mamá—, mantener una conversación con él es como poner una pica en Flandes. ¡Esto es un numerito! Un hermano que no oye nada, y al otro no hay quien le entienda. Realmente, ya es hora de hacer algo. No puede uno escribir prosa inmortal en una atmósfera de lamentaciones y eucalipto.
    —Sí, querido —dijo Mamá distraídamente.
   —Lo que todos necesitamos —dijo Larry, reanudando sus pasos— es sol, un lugar donde poder crecer.
    —Sí, querido, eso estaría bien —asintió Mamá, en realidad sin escucharle.
   —Esta mañana tuve carta de George... dice que Corfú es maravilloso... ¿Por qué no hacemos las maletas y nos vamos a Grecia?
    —Bueno, querido; si tú quieres —dijo Mamá desprevenida.
    En lo tocante a Larry solía tener buen cuidado de no dejarse comprometer.
    —¿Cuándo? —preguntó Larry, algo sorprendido ante la concesión.
    Mamá, advirtiendo haber cometido un error táctico, bajó cautamente las Recetas fáciles de Rajputana.
   —Pues creo que lo más sensato sería que tú fueras por delante, querido, a preparar el terreno. Después nos escribes, y si me dices que aquello está bien, nos vamos todos —dijo astutamente.
    Larry la miró con desmayo.
   —Lo mismo dijiste cuando propuse ir a España —le recordó—, y dos meses interminables me pasé sentado en Sevilla esperando que aparecieseis, mientras vosotros no hacíais más que escribirme kilométricas cartas sobre el alcantarillado y el agua de beber, como si yo fuera el secretario del Ayuntamiento o algo así. No; si vamos a Grecia, iremos todos a la vez.
   —Exageras, Larry —dijo Mamá en tono ofendido—; de cualquier forma, yo no me puedo ir así como así. Hay cosas que hacer en esta casa.
   —¿Cosas? ¿Qué cosas, diablos? Véndela.
   —Pero hijo, no puedo —dijo Mamá, escandalizada.
   —¿Por qué no?
   —Porque acabo de comprarla.
   —Mejor: así la vendes a estrenar.
   —No seas ridículo, querido —dijo Mamá con firmeza—; eso ni pensarlo. Sería una locura.
   De modo que vendimos la casa y huimos del triste verano inglés, como una bandada de golondrinas migratorias.
    Todos viajamos ligeros, cargados sólo con lo que considerábamos mínimos ingredientes de la vida. Al abrir el equipaje para la inspección de aduana, el contenido de nuestras maletas revelaba fielmente el carácter e intereses de cada uno. Así, el equipaje de Margo contenía una multitud de vestimentas diáfanas, tres libros sobre adelgazamiento, y un ejército de frasquitos con diversos elixires garantizados para curar el acné. La maleta de Leslie encerraba un par de jerséis de cuello vuelto y unos pantalones arrollados alrededor de dos revólveres, una pistola de aire comprimido, un libro titulado Sea su propio armero y un botellón de aceite que se salía.   Larry iba acompañado de dos baúles de libros y una cartera que contenía su ropa. El equipaje de Mamá se dividía sensatamente en ropa por un lado y diversos volúmenes de cocina y jardinería por otro. Yo viajaba sólo con aquellos artículos que juzgaba necesarios para aliviar el tedio de un largo viaje: cuatro libros de historia natural, un caza—mariposas, un perro y un tarro de mermelada lleno de orugas, todas ellas en inminente peligro de volverse crisálidas.   Así, plenamente equipados según nuestros criterios, abandonamos las viscosas costas de Inglaterra.
   Francia anegada en lluvias y tristona, Suiza como un pastel de Navidad, Italia exuberante, olorosa y vocinglera, quedaron atrás, reducidas a un confuso recuerdo. Con un estremecimiento, el barquito se separó del tacón italiano hacia el mar crepuscular, y, mientras dormíamos en nuestros sofocantes camarotes, en algún punto de aquella extensión de agua plateada por la luna cruzamos una invisible línea divisoria para entrar en el mundo luminoso y encantador de Grecia. Lentamente filtróse en nosotros la sensación del cambio, y así, al amanecer despertamos inquietos y salimos a cubierta.
    A la luz del alba el mar se desperezaba alzando tersos músculos de olas azules, y la espuma de nuestra estela, tachonada de brillantes burbujas, se abría tras de nosotros como una blanca cola de pavo real. A Levante amarilleaba el cielo pálido. De frente, una mancha de tierra color chocolate, envuelta en niebla y cercada de espumas en su base. Era Corfú: aguzamos la vista en busca de la forma exacta de sus montes, sus valles, sus picachos, sus gargantas y sus playas, pero sólo se distinguía una silueta. Hasta que, de pronto, el sol surgió en el horizonte, y el cielo se tornó azul esmaltado, como el ojo de un arrendajo. Las interminables, minuciosas curvas del mar flamearon un instante, y al punto se tiñeron de oscura púrpura moteada de verde. Alzóse la niebla en jirones tenues y rápidos, y ante nosotros apareció la isla, con sus montañas como amodorradas bajo un arrugado cobertor marrón, los pliegues salpicados del verdor de los olivares. Por la costa se sucedían playas blancas como el marfil entre ruinosos torreones de brillantes rocas blancas, doradas, rojas. Rodeamos el cabo septentrional, un estribo redondo de acantilados rojizos horadados por una serie de cuevas gigantescas. Las oscuras olas arrastraban nuestra estela hacia ellas, y a su misma boca se chafaba silbando ansiosa entre las peñas. Al otro lado del cabo desaparecieron los montes, y la isla descendía suavemente, empañada por el resplandor verde y plata de los olivos, con aquí y allá un amonestador dedo de ciprés contra el cielo. En las calas el agua tenía un color azul de mariposa, y aun por encima del ruido de las máquinas nos llegaban, zumbando débilmente desde la costa como un coro de vocecillas, los gritos estridentes y triunfales de las cigarras.

Mi familia y otros animales
Gerald Durrel


  1. ¿Cuál es el itinerario que siguen los protagonistas hasta llegar a Corfú?

  1. ¿En qué consiste el equipaje del narrador?

  1. ¿Por qué Larry rechaza ir primero a Corfú?

  1. ¿Por qué dice el autor que su familia no tenía un aspecto demasiado atractivo?


  1. Describe brevemente el paisaje que se encuentra la familia al llegar a su destino.

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