miércoles, 29 de abril de 2020

LECTURA COMPRENSIVA

Lectura comprensiva nº 5 de 1ºESO

Lee detenidamente el texto y responde a las preguntas.

La villa era pequeña y cuadrada, plantada en su jardincito con aspecto rosáceo y arrogante. Las contraventanas, cuarteadas y despintadas por algunos sitios, habían adquirido al sol un delicado tono verde pastel. En el jardín, rodeado de altos setos de fucsia, los macizos de flores formaban complicados dibujos geométricos, delineados con cantos blancos. Del ancho justo de un rastrillo, los senderos de piedra blanca contorneaban trabajosamente macizos apenas mayores que un sombrero de paja: macizos en forma de estrella, de media luna, de triángulo o de círculo, rebosantes de enredadas madejas de vegetación salvaje. De los rosales caían pétalos como platos, rojos de fuego o blancos, lisos y satinados; las caléndulas, como constelaciones de hirsutos soles, contemplaban el paso de su progenitor por el cielo. A ras de suelo los pensamientos asomaban entre el follaje su rostro aterciopelado e inocente, y las violetas se inclinaban lánguidas bajo sus hojas acorazonadas. La tupida buganvilla que recubría el balconcillo de la fachada se adornaba festivamente de flores color magenta en forma de linterna. En la penumbra del seto de fucsia, mil inquietos capullos se estremecían expectantes. El aire cálido se espesaba con el aroma de cientos de flores marchitas, trayendo el murmullo amable y apacible de los insectos. Apenas vimos la villa, quisimos quedarnos; parecía estar aguardando nuestra llegada. Era como sentirse vuelto a casa.
Introducido de forma tan inesperada en nuestras vidas, Spiro tomó totalmente sobre sí el cuidado de nuestros asuntos. Era mejor, nos explicó, que él se encargara de las cosas, porque conocía a todo el mundo y se aseguraría de que no nos timasen.
—No se preocupes por nadas, señoras Durrells —gruño—; déjemelos todo a mí.
Así, era él quien nos llevaba de compras, y al cabo de una hora de rugidos y sudores conseguía que nos rebajaran en un par de dracmas el precio de un artículo. Venía a ser un penique; pero, según explicaba, no era por el dinero, sino por principio. Claro que había otra razón en el hecho de que, como a todo griego, le encantaba regatear. Fue Spiro quien, al enterarse de que todavía no había llegado nuestro dinero de Inglaterra, nos hizo un préstamo y se empeñó en ir a echarle un rapapolvo al gerente del banco por falta de organización. El que no fuera culpa del gerente no le arredró en absoluto. Fue Spiro quien pagó la cuenta del hotel, quien se agenció un carro para llevar nuestro equipaje a la villa, y él mismo fue quien nos condujo allí, con el carro cargado de vituallas que nos había comprado.
Pronto comprobamos que lo de conocer a todo el mundo de la isla, y que todos le conocieran a él, no era un simple farol. Dondequiera que parase el coche media docena de voces le llamaban por su nombre, y otros tantos gestos le invitaban a sentarse en las mesitas a la sombra y tomarse un café. Policías, campesinos y sacerdotes le saludaban al pasar; pescadores, tenderos y taberneros le recibían como a un hermano. «Ah, Spiro», exclamaban, y le sonreían afectuosamente como a un niño travieso pero irresistible. Respetaban su honradez, su belicosidad, y sobre todo admiraban su desdén y desparpajo típicamente griegos ante cualquier papeleo del gobierno. Al llegar, dos de nuestras maletas cargadas de ropa de casa y otras cosas habían quedado confiscadas en aduana bajo el curioso pretexto de ser mercancía. Así que, cuando instalados ya en nuestra villa surgió el problema de la ropa de cama, Mamá le contó a Spiro lo de los bultos detenidos en aduana, y le pidió consejo.
—¡Pero hombres, señoras Durrells! —bramó, rojo de ira—. ¿Cómo no me los dijo antes? Esos canallas de la aduanas. Mañana vamos y les darés para el pelos: los conozco a todos, y me conocen a mí. Déjemelos a mí: yo les darés para el pelos.
A la mañana siguiente llevó a Mamá al puesto de aduana. Con ellos fuimos todos, por no perdernos el espectáculo. Spiro irrumpió en el puesto como un oso enfurecido.
—¿Dóndes están las cosas de estos señores? —interrogó al obeso hombrecito de la aduana.
—¿Te refieres a sus cajones de mercancías? —preguntó el aduanero en su mejor inglés. 
—¿Y a ti qué te pareces? 
—Ahí están —admitió cautamente el aduanero. 
—Venimos a recogerlos —gruñó Spiro—; sácalos. 
Salió entonces en busca de alguien que ayudase a cargar los bultos, y al volver se encontró con que el aduanero, tras pedirle las llaves a Mamá, se disponía a levantar la tapa de una de las maletas. Con un rugido de cólera, Spiro se abalanzó a cerrarla de golpe, pillándole los dedos al desdichado.
—¿Para qué lo abres, hijos de puta? —preguntó, echando chispas.
El aduanero, sacudiendo la mano magullada, protestó de mal talante que era su deber examinar el contenido.
—¿Deber? —replicó Spiro displicentemente—. ¿Qué deber ni qué niño muertos? ¿Es tu deber atacar a los forasteros inocentes, eh? ¿Tratarlos como contrabandistas, eh? ¿A eso llamas tu deber?
Tras breve pausa para tomar resuello, Spiro agarró una gran maleta con cada manaza y se dirigió a la puerta. Allí se detuvo y, volviéndose, disparó una salva de despedida.
—Nos conocemos, Christaki: a mí no me vengas con historias del deber. Me acuerdos cuando te multaron doce mil dracmas por dinamitar pescados. A mí ningún criminal me tienes que hablar de deber.
Regresamos de la aduana victoriosos, con todo el equipaje intacto y sin mirar.
—Esos canallas se creen que es suyas la islas —fue el comentario de Spiro. Parecía no darse cuenta de que su manera de actuar respondía a idéntico supuesto.
Una vez tomado el mando, Spiro se nos pegó como una lapa. De taxista había pasado en pocas horas a ser nuestro defensor, y a la semana era ya nuestro guía, filósofo y amigo personal. Convertido en un miembro más de la familia, apenas había cosa que hiciéramos o proyectamos en la que él no estuviera metido de algún modo,siempre estaba presente con sus gruñidos y su voz de toro, arreglando nuestras dificultades, diciéndonos cuanto se debía pagar por cada cosa, vigilando nuestras actividades e informando a Mamá de todo lo que según él debía saber. Este angelote moreno y feo nos cuidaba con tanta ternura como si fuéramos niños ligeramente retrasadillos. A Mamá la adoraba francamente, y dondequiera que estuviésemos se dedicaba a pregonar sus alabanzas, con gran bochorno por su parte.
—Ya pueden tener cuidados con lo que hacen —nos decía, frunciendo el ceño con severidad—, no vayan a disgustar a su mamas.
—¿Y eso por qué, Spiro? —protestaba Larry, simulando su asombro con maestría—. Nunca se ha preocupado de nosotros; ¿a santo de qué vamos a tenerla en cuenta?
—Carambas, señorito Larrys, no haga esas bromas —decía angustiado Spiro.
—Es la pura verdad, Spiro —añadía muy serio Leslie—, no es una madre nada buena, ¿sabe?
—Nos diga eso, nos diga eso —bramaba Spiro—. Válgames Dios, si yo tuvieras una madre así correrías todas las mañanas a besarles los pies.
Entre tanto nos instalamos en la villa, cada cual organizándose y adaptándose al entorno a su manera. Margo, por el simple hecho de tomar el sol en los olivares enfundada en un bañador microscópico, había reunido a una ardiente banda de apuestos jóvenes campesinos que como por arte de birlibirloque surgían de un paisaje aparentemente desierto cada vez que se le acercaba una abeja o pretendía correr la tumbona. Mamá se sintió obligada a señalar que los dichos baños de sol le parecían un poco imprudentes.
—Además, querida, ese bañador no cubre mucho, ¿no crees? —añadió.
—Oh, Mamá, no seas tan anticuada —dijo impaciente Margo—. Además, de algo hay que morirse. Observación tan desconcertante como cierta, que bastó para silenciar a Mamá.
Para meter en la villa los baúles de Larry había hecho falta que tres robustos mocetones del campo se pasaran media hora sudando y resoplando, mientras el propio Larry bullía a su alrededor dirigiendo la operación. Uno de los baúles era tan grande que hubo que izarlo desde una ventana. Una vez acomodados, Larry pasó un día feliz vaciándolos, y su cuarto quedó tan atestado de libros que era casi imposible entrar o salir de él. Rodeado de murallas de volúmenes por todo el perímetro externo, Larry se pasaba el día allí dentro con su máquina de escribir, sólo emergiendo soñolientamente a las horas de comer. A la segunda mañana apareció en un estado de irritabilidad extrema, porque un campesino había dejado el burro atado junto al seto. Intermitentemente el animal estiraba el cuello para soltar un rebuzno lúgubre y prolongado.
—¡Qué me decís de esto! ¿No tiene gracia que las generaciones venideras se vean privadas de mi obra simplemente porque a un palurdo idiota no se le ocurre mejor cosa que atarme esa bestia inmunda debajo de la ventana? —preguntó Larry.
—Sí, querido —dijo Mamá—. Si tanto te molesta, ¿por qué no te lo llevas a otro sitio?
—Mi querida madre, no esperarás que pierda el tiempo persiguiendo burros por los olivares. Le tiré un folleto de Christian Science; ¿qué más quieres que haga?
—El pobrecito está atado. No pretenderás que se desate él solo —dijo Margo.
—Debería estar prohibido aparcar esas bestias nauseabundas cerca de las casas. ¿No puede bajar alguno de vosotros a llevárselo?
—Anda, ¿y por qué? A los demás no nos molesta —dijo Leslie.
—Eso es lo malo de esta casa —dijo Larry amargamente—. Nadie echa una mano, nadie tiene consideración para con los otros.
—Tú sí que no tienes consideración con nadie —dijo Margo.
—Y todo por tu culpa, Mamá —continuó Larry con austeridad—. No nos deberías haber criado tan egoístas.
—¡Lo que hay que oír! —exclamó Mamá—. ¡Jamás hice tal cosa!
—Pues no pudimos hacernos así de egoístas sin una mínima instrucción —dijo Larry.
Al final, Mamá y yo desatamos el burro y nos lo llevamos a un trecho más abajo de la cuesta.
Mi familia y otros animales
Gerald Durrel


  1. ¿Qué flores hay en el jardín de la villa?

  1. ¿Cómo es la descripción de Spiro?

  1. ¿Cómo hubo que transportar el equipaje de Larry hasta su habitación?

  1. ¿Qué le molestó a Larry posteriormente?

No hay comentarios:

Publicar un comentario